jueves 17 de septiembre de 2009

DEJA VU

La bombilla de

El maestro Rosenkranz

A esas alturas, el asunto del último tubo para la radio que armaba en mi taller se volvió atormentante. Había logrado juntar las piezas más difíciles, moviéndome por el centro y revisando algunos catálogos, pero la última bombilla -la encargada de rectificar la frecuencia- no asomaba por ninguna parte, postergando majaderamente el debut del receptor.


El chasis, los parlantes, las resistencias y todas las perillas puestas según lo indicaba mi maestro Rosenkranz eran completamente inútiles sin la bombilla de marras, esa esquiva concentración de vidrio y filamentos con la que no lograba dar.

El maestro, en su perfecto curso por correspondencia, daba salidas alternativas para todas las demás piezas, pero esa, la bombilla rectificadora, no podía reemplazarse por nada parecido. RK 26-Z debía leerse en la base, sólo eso.

Referiré en pocas líneas cómo fui a dar con Rosenkranz en el anaquel de saldos de la librería de Patricio Silva, pues creo que esa es una historia secundaria, aunque importante. Lo central, y aquello que nos convoca, es la dura batalla que se inició tras hacerme de los cuatro tomos de la genial obra impecablemente encuadernada con pastas verdes, ordenada según el índice de su anterior dueño, cuyo nombre aparece timbrado en todas las primeras páginas. No creo necesario señalarlo por ahora.

Salía yo de la farmacia de los Domínguez con la bolsa de los remedios diarios para mi mamá, cuando decidí visitar a Silva, a pocas cuadras de ahí.

El librero casi siempre me esperaba con algún volumen viejo que creía interesante y ocasionalmente sobre su mesa, tras el mesón, nos tomábamos un té comentando las noticias o sus nuevas compras. Esa vez me mostró una colección que adquirió en un remate de la viuda de un tal señor Toledo, a bajo precio y en modalidad de paquete cerrado, o sea, de todos o ninguno.

El riesgo de esa modalidad -se quejó Silva- era que usualmente por cada volumen que valía la pena venían tres que no servían para nada, según su ojo entrenado.

Mientras nos tomábamos el té, el librero realizaba la selección armando sin contemplaciones cerros de textos útiles e inútiles. A un lado fue poniendo los clásicos, algunas primeras ediciones, autografiados y los libros para escolares que siempre se venden bien. En el otro cerro, bajo la mesa, se amontonaban textos ajados, novelas sin gloria y algunas historias de vaqueros de Estefanía que regalaba a un cuidador de autos que por las noches vigilaba con un ojo su tienda.

Mientras clasificaba, Silva abrió un paquete amarrado con cáñamo donde venían los cuatro tomos del curso por correspondencia, teórico-práctico, de la National Schools, preparado según el Método Rosenkranz, impuesto en los años 50 por J. A. Rosenkranz, a quien hoy reconozco mi maestro.

La edición tan bien realizada -verde, como dije- logró engañar por un minuto al librero, pero al ver que dentro sólo venía, según palabras suyas, un cursillo común, lo lanzó al cerro de abajo, sin más. A mí me llamaron la atención las frases que el pedagogo acomodaba entre lección y lección, levantado la moral de sus alumnos, repartidos seguramente por todo el mundo. “Las tareas que emprendamos hoy serán el éxito que cosecharemos mañana”, por ejemplo. Me gustó eso. Me imaginé a Rosenkranz con su delantal blanco, redactando sus maravillosos cursos. Tuve una revelación inequívoca y reconocí que al fin, a mis cuarenta y cuatro años, a punto de ser formalmente un huérfano, ahí estaba mi futuro, en la electrónica.

Le compré los dos primeros tomos a muy bajo precio, con el vuelto de los remedios diarios de mi mamá, y le pedí que me guardara los otros dos para mañana, cuando fuera por otra partida de medicamentos.

En mi taller, después de cambiar las sábanas de mi madre, comencé a sacar lo mejor de la fina pluma de Rosenkranz, un marginado. Partí por su genial descripción de la naturaleza de las ondas radioeléctricas y apunté con celo cada dato que bondadosamente entregaba acerca de su experiencia en la emisión y recepción de las ondas hertzianas, una maravilla vedada para casi todos.

Esa primera noche tomé la decisión de no comenzar por la construcción de un telégrafo de llave común, como recomendaba el maestro para comprender la esencia de sus lecciones. A pesar de ello, me entrené rápidamente en la clave internacional de Samuel Morse, aquella de puntos y rayas combinadas, para no contrariar del todo a Rosenkranz. Estaba decidido a encarar frontalmente el desafío mayor que planteaba mi profesor por correspondencia: el Receptor Universal. Era ése un maravilloso aparato, con antena de quince metros y conexión coaxial, que permitía captar con altísima fidelidad ondas de cualquier parte del mundo. Me sentí capaz de asumir tan dura tarea.

Al otro día completé el curso rescatando de un anaquel indigno los otros dos tomos verdes y, respetando fielmente la lista de materiales que obligaba Rosenkranz, salí a comprar las piezas, tan en desuso en esta época en que los japoneses imponen sus transistores sin tubos, desechables. En dos semanas, entre las visitas a la farmacia de los Domínguez y los cuidados que exigía la enfermedad de mi mamá, y claro, de mis impostergables sesiones teóricas junto a los cuatro tomos verdes, me hice de todo lo necesario para construir el Receptor Universal. El taller estaba todo el tiempo cubierto por el humo de la pasta Indumet quemada y del estaño fundido.

Cuidadosamente martillaba, cortaba los costados del chasis en madera y completaba con apuro los circuitos del aparato, cerciorándome en cada momento de seguir correctamente las instrucciones del maestro. “El único desafío imposible es aquel que no se emprende”, me señalaba.

A la tercera semana, cuando mi mamá empeoraba y el Receptor Universal se había transformado en una fiel copia del dibujado por Rosenkranz en la página 325 del tercer tomo, me tropecé con la ausencia de la bombilla rectificadora que aún no conseguía, la RK 26-Z, la última pieza.

La busqué nuevamente en el centro sin éxito. Entonces decidí ir donde Silva para que me diera las señas de la viuda del señor Toledo, convencido de que ella me guiaría por el camino que su marido seguro había completado antes que yo. A esas alturas sentía que Toledo y yo formábamos parte de la misma cofradía, con un desfase, claro, de unos cincuenta años; él, yo y Rosenkranz. La señora, preocupada de tramitar su montepío y de vender los trastos que le dejó Toledo, me señaló la dirección de los hermanos Devoto, los reyes de las ampolletas, una tienda en la calle San Diego donde su esposo conseguía todo a buen precio.

Partí una mañana a visitar a los hermanos Devoto, ya en su quinta sucesión. La tienda estaba repleta de tubos, bombillas y ampolletas de todos los portes, pero por más que buscaron, impulsados por mi insistencia, no encontraron la RK 26-Z. Me dijeron que la última partida se había vendido el año ‘70. En medio de mi decepción, el dependiente me indicó que el único aparato que usaba esos tubos, y no uno sino cinco, era un viejo Telefunken que se hizo muy popular para el mundial del ‘62, un enorme portento disfrazado de mueble.

Llegué a mi casa contrariado. Mi mamá se quejaba de los ladridos del perro de los Gaete, a dos casas de la nuestra, y suplicaba que le diera un calmante para sus dolores. Cumplida la orden, fui a la casa de los Gaete a pedirle a la señora Hortensia que considerara enviar a su mascota unos días a su parcela, mientras mi madre se recuperaba. Me invitó a pasar muy amablemente, preocupada con sinceridad por la salud de mi mamá, a quien conocía desde hace mucho tiempo, cuando llegaron juntas, con sus maridos ya muertos, a vivir a ese tradicional barrio residencial al oriente de la ciudad.


Me senté en el comedor y mientras ella preparaba algo para tomar, vi que junto al sillón reposaba sus años un hermoso Telefunken, al parecer en desuso, tapado a medias con un mantel y unas plantas que seguro lo estropeaban con su irrespetuosa humedad. No dejé de mirar el aparato, imaginando dentro de él la perfecta colección de tubos de la que sólo me bastaba uno para completar el Receptor Universal.

Le conté sobre la salud de mi mamá y le expuse el asunto del perro. Me dijo que no tendría problemas en pedirle a su hijo que se llevara al animal mañana mismo a las afueras de la ciudad, y que sentía la obligación de ir a ver a mi madre cuando llegara alguien que cuidara la casa. Mientras calibraba ese terrible miedo de los ancianos a los robos, sin dejar de mirar de tanto en tanto el Telefunken, se me ocurrió ofrecerle cuidar la casa mientras ella partía a conversar con mi mamá, contándole lo feliz que se pondría ella de ver gente distinta.

Apenas la señora cerró la reja dándome las gracias por mi consideración, diciéndome que llamaría cuando terminara su visita, me fui derecho al Telefunken, para buscar el modo de obtener de él el RK 26-Z que necesitaba, sólo uno de los cinco que según los Devoto había dentro. Revisé el receptor alemán por todos lados, sin encontrar tornillos ni forma alguna de abrirlo sin dejar señas. Sabía que el tiempo era poco y las enseñanzas de Rosenkranz me empujaban a tomar una decisión rápida. “No hay que escatimar esfuerzos cuando una empresa es importante”, recordaba haber leído en el segundo tomo.

Entonces decidí ir directo al último recurso, evitando los inútiles rodeos que tanto odiaba mi maestro. Saqué las plantas, dejé el mantel en el sillón, y con mucho trabajo logré llegar hasta el descanso de la escalera con el pesado Telefunken. Me convencí de lo correcto de mis actos y con un suave empujón hice rodar el receptor hasta el primer piso. La radio mueble se abrió en varias partes, descuadrada completamente, dejando a la vista el tesoro guardado. Revisé los tubos, unos rotos y otros intactos, y tomé uno de los cinco que buscaba: RK 26-Z, grabado en su base.

La señora llamó apenas terminé de envolver en una hoja de diario mi botín. Rearmé el mueble en su lugar como pude, reemplazando una pata fracturada con unas guías telefónicas y tapando las heridas con el mantel y las plantas. A primera vista, la radio lucía su estampa de siempre. Esperé a la señora Hortensia en la reja, con una pequeña taquicardia que logré disimular bien, le di las gracias, muchas gracias, y enfilé a mi casa, satisfecho. El resto fue una perfecta sesión final junto a mi Receptor Universal y los cuatro tomos verdes del maestro Rosenkranz. Aún tenía astillas del Telefunken clavadas en mi chaqueta.

Diego Olivares Jansana
Estudiante de Periodismo de la Universidad de Concepción

7 de septiembre de 2003

Esta crónica publicada por Diego Olivares Jansana hace 6 años, demuestra una realidad de muchos adictos a las ondas hertzianas, su frescura y simpleza estilística para describir una cotidianeidad de varios seguro reflejan y sorprende a muchos por su veracidad en el tratamiento de los hechos.

Lo elegí como reconocimiento a las fechas que recién pasaron, como la primera emisión oficial de radio en Chile un 22 de agosto de 1922, cuando Enrique Sazié y Arturo Salazar se transformaron en los pioneros oficiales de esos acontecimientos históricos en Chile.

También desde 1942 hasta mediados de los ‘90s se conmemoraba el 21 de septiembre como el Día del Trabajador Radial; hoy no es más que un recuerdo bonito y una fecha olvidada por la automatización de emisoras repetidoras que pueblan el territorio nacional.


1 comentarios:

Gautama Lara dijo...

FELICITACIONES AL AUTOR DE ESTE RELATO. Magnifico, entretenido, ameno, inteligente.
Walter